Raul Lara

Raul Lara and the rest of the Poly contingent celebrate their berth into the CIF championship.

El viernes pasado, en una ceremonia breve y modesta en la sala de pesas de Long Beach Poly, una de las personas más incomprendidas de los deportes de la ciudad dimitió. Cuando el antiguo entrenador de fútbol Raul Lara se dirigió a su equipo, lo hizo francamente, diciéndoles, “normalmente, soy el tipo de hombre que dice las cosas claras. Hoy va a ser mi último día como entrenador principal de fútbol en Long Beach Poly”.

Aquellos que conocen a Lara no se sorprendieron con la decisión. Cuando le entrevisté para mi libro sobre las historia de fútbol americano en Long Beach hace dos años, dijo que el trabajo le estaba desgastando, y que estaba listo para empezar un nuevo capítulo en su vida. Después de que su equipo ganara el campeonato CIF al final de esa temporada turbulenta de 2012, estaba muy cerca de dimitir, y sospecho que si su equipo hubiera ganado le campeonato del Estado de División 1 en vez de perderlo por un punto, lo hubiera hecho.

Aquellos que conozcan a Lara también habrían encontrado adecuada la manera humilde con la que dimitió. Es fácil imaginarse a entrenadores igual de exitosos con estancias largas en sus escuelas (Bruce Rollinson de Mater Dei, quizás John Barnes de Los Alamitos) llevando a cabo ruedas de prensa en sus días finales en el campus. Sólo había un reportero en el anuncio de Lara, al que fueron también su equipo, su plantilla de entrenamiento, y dos miembros de la administración de Poly. No hubo carteles ni lazos, él se puso en el medio de la sala de pesas y le dijo a todos que ya se iba.

Esa falta de ego e instinto de autopromoción le definió como entrenador, y probablemente también dificultó su imagen. Nunca fue una persona que hablara de sus logros o elogios. No disfrutaba hablar con los medios, y se reía cuando dimitió de que estaba contento de ya no tener la responsabilidad de responder tantas llamadas. (Su problema, por cierto, perecía ser que los medios de fútbol americano de secundaria disfrutaban de los fallos de sus hijos, cuando no triunfaban.)

Quizás, como resultado de ese lado de su personalidad, se pasó la mayoría de su carrera sin recibir el reconocimiento que se merecía. Cuando el LA Times enumeró al equipo de ensueño de entrenadores de secundaria hace pocos años, excluyeron a Lara, mientras que varios entrenadores que ganaron menos (con mucho más, en cuanto a recursos) sí estaban en la lista.

Cuando empecé a cubrir el fútbol americano en Poly en 2008, un escritor deportivo del Press-Telegram predijo que los Jackrabbits nunca ganarían otro campeonato son Lara. Miles de chistes como ese se hacían a espaldas de Lara, por gente que sabía que nunca se harían responsables por sus palabra. Lara, sin embargo, estaba en el campo en Vets después de cada pérdida de Poly y respondía todas las preguntas, incluso (a principios de la temporada de 2012 cuando fue 1-3) si no fuera mejor para Poly si no lo hiciera.

Esa es una buena pregunta que hacerle a un entrenador que ha ganado tantos títulos como otro cualquiera en la historia de Poly, y continuaría a ganar más ese año.

Me voy a confesar: yo era una de esas personas. Veía los partidos de fútbol de Poly desde las gradas durante su primera temporada en 2001 y hacía chistes sobre el hecho de que siempre llevara pantalones cortos. Si alguien me sugiriera en los próximos años que el tipo sabía como entrenar, me reía y señalaba al talento en su lista de jugadores.

“Cualquiera podría ganar con jugadores como esos”, decía. Momentos después de la dimisión de Lara, sonó el teléfono de Rob Shock, AD de Poly, con una llamada de entrenador de una prestigiosa escuela privada, quien le dijo lo mismo.

“Si llevara allí a mi plantilla, con el talento que tienes, nunca perderías un partido”, dijo el entrenador.

Pero estas eran palabras que dije una vez burlonamente, esta vez me reía por otra razón. Porque la gente no tiene ni idea. Comencé a entender como era de verdad el trabajo de Lara durante la temporada de 2009, cuando sus Jackrabbits (2 veces campeones del campeonato CIF) perdieron su primer partido de Moore League en años y después, por sorpresa, perdieron otro, contra Millikan en doble prórroga. Lara no dejó que le afectase ningunas de las críticas, lo que hicieron su plantilla y él fue ponerse a trabajar.

Cuando les eliminaron en los cuartos de final de las finales en un penalti erróneo de interferencia de paso (robando lo que hubiera sido una victoria a los campeones futuros de la CIF), le dije a Lara después del partido de lo que me había dado cuenta. “Creo que no he visto a un equipo mejorar tanto en el curso de un año”, le dije.

También fue ese año, por coincidencia, que me di cuenta que Lara llevaba pantalones cortos porque entrenar era divertido, y quería recordar que era algo que hacía porque lo disfrutaba, no porque era trabajo.

La mayor habilidad de Lara como entrenador no eran las jugadas ofensivas, o su filosofía de jugar con varios quarterbacks, probablemente las dos cosas por las que más se le criticaba. Era una habilidad de enseñarle el juego a quien fuera, ya fuera un inmigrante isleño recién llegado que casi no hablaba inglés, un jugador JV que no llegaría a varsity, o un americano.

Los retos de entrenar en Poly no son retos que se puedan resolver en una pizarra. Son la cuestión de si se le puede perdonar la práctica a un estudiante porque su padrastro le está golpeando a su madre; el reto de cómo mantener a un equipo en una condición física óptima cuando algunas familias no pueden permitirse alimentos nutritivos; el reto de cómo sacar a un jugador de una pandilla, sabiendo que si le echa del equipo si se niega a dejarlo de repente probablemente eliminaría la única estructura permaneciente en la vida de ese chico.  

Estos son retos que he visto a Raul Lara resolver casi sin esfuerzo durante la última parte de su carrera. También pude ver cómo él y su plantilla entrenar mejor a todos los demás durante los 2012 CIF Pac-5 playoffs, según construían una ofensa completamente nueva todas las semanas, algo que no se había escuchado antes, especialmente en una escuela “no disciplinada” como Poly.

Más que nada, como todo el mundo, le vi ganar.

¿Es más fácil ganar con talento que sin él? Obviamente, sí. Pero el talento en Poly viene con más trabajo de lo que se piensan los que no están en el equipo. Me agrada que no soy el único que ha llegado a apreciar a Lara según su carrera llega a su fin. En mi artículo sobre su dimisión yo, junto con otros medios, señalamos que los fans de Poly no le han apreciado lo deberían.

Pero en los sitios web de Gazettes y Press-Telegram, y en mi Facebook, lleno de alumnos de Poly, no vi nada más que aplausos por Lara según dimitía. Un comentario sugería un desfile por Atlantic en su honor. A él no le gustaría eso, sabía que iba dimitir todo el año y no se lo dijo a nadie porque no quería que la temporada fuera sobre él.

Creo que si la gente hubiera sabido que la semifinal que perdieron era su último partido, por muy feo que hubiera sido, le habrían aplaudido mucho. Desde luego, se lo merecía, pero nunca lo quiso. Parece que este año, los fans de Poly finalmente se dieron cuenta de lo que tenían con Raul Lara, ahora. Ahora, sólo les queda esperar que con los pocos recursos de la escuela, puedan encontrar un reemplazo.

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